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II Jornadas Regionales de Historia y Arqueologia
 

 

La Frontera: la paz y la guerra como estrategias alternativas. El papel de los “indios amigos”

Federico Valverde

Ramiro Segura


INTRODUCCION

En el presente trabajo, abocado a investigar la frontera y las relaciones entre el mundo indígena y el occidental durante gran parte del siglo XIX (1835 – 1880), utilizamos fuentes editas (que incluyen gran parte de la bibliografía relevante sobre el tema) y material inédito. Este último tipo de material ha sido recogido del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, y el mismo corresponde a la sección Juzgado de Paz de los partidos de Bragado (cuerpo 39, anaquel 2, legajo 11), Tapalqué (39 - 4 - 36), Juarez (39 - 2 - 12), Flores (39 - 4 – 38), Lobería, Mar Chiquita y Tandil (la información sobre estos tres partidos se halla en 39 - 4 – 40).

Partimos de la concepción de que la frontera, además de separar, ponía en relación ambos mundos, los cuales se reconocían y estuvieron en contacto durante largo tiempo por medio de distintos tipos de relaciones sociales: desde la guerra hasta el comercio, relaciones que dieron lugar a un proceso de hibridación cultural, producto del cual fue ese nuevo paisaje o territorio social, la frontera. Esta fue, sin duda, un punto de entrecruzamiento cultural y, a la vez, resultado del mismo. En ella aparecen nuevas figuras sociales: los cautivos, los renegados (Mayo C. y Latrubesse A.), los indios amigos, etc. Por ella pasaron hábitos, usos y costumbres en las dos direcciones, sin contar el comercio masivo y constante.

Resumiendo, como sostiene Mandrini “la sociedad blanca y la indígena no constituían dos mundos aislados y separados: el arco más o menos fluctuante que describía la línea de fronteras era más el reconocimiento formal de las áreas de control de cada sociedad que una verdadera frontera”.


PROBLEMATICA

A partir del análisis detallado de los archivos en donde se trataba lo que en el siglo XIX se conocía como el “problema del indio” o la “cuestión de las fronteras interiores”, observamos que existía un marcado contraste en la manera en que los indios eran considerados por parte de las autoridades nacionales.

Mientras en los documentos que corresponden a los años comprendidos entre 1835 y 1852 se habla de “indios amigos” y se ordenan y efectúan donaciones de ganado a estos; a partir de 1853 y a medida que nos acercamos a la fecha de la llamada Conquista del Desierto (1879) se vislumbra un cambio discursivo, cambio que deja ver una relación entre ambas sociedades de tipo más tenso: se habla de malones, de prevenir los mismos, de movimientos bélicos, etc. Algo para remarcar: se distingue claramente entre los “indios amigos” y los que no lo son.

En base a lo expuesto, trataremos de explicar a qué se debe este giro discursivo, buscando las causas en ambas sociedades a la vez: los cambios políticos e ideológicos en ese Estado – nación en pleno proceso de constitución, y los cambios en la sociedad indígena (mayor complejidad social).


HIPOTESIS

Partimos de dos afirmaciones: la primera es la existencia de tribus o fracciones de tribu aliadas a la colonia y luego al Estado nacional; la segunda es que los indios manejaron la guerra y la paz como estrategias alternativas. Nuestra hipótesis sostiene que el cambio en el discurso producido a partir de la caída de Rosas (1852) se debe a un cambio en las estrategias de ambas sociedades. En el primer momento, fechado tentativamente entre 1835 y 1852, la política de Rosas de pacificar la frontera deriva en una estrategia de paz por parte de la sociedad indígena y a la mayoría de las tribus se las trata en los documentos como amigas. Este relativo equilibrio se rompe posteriormente y se inicia el segundo momento (1853 – 1880), en el cual se distingue claramente entre los grupos indígenas aliados y los que no lo son; corresponde con una política agresiva por parte de la sociedad blanca (que culmina con la Conquista del Desierto) y un consecuente cambio de estrategia por parte de la sociedad indígena, de la paz a la guerra, manifestado por los grandes malones que se desarrollaron, de manera intermitente, en las décadas del 50’, 60’ y 70’ del siglo pasado.


DESARROLLO

El proceso de cambio lingüístico y cultural que tuvo lugar entre los indígenas del sur argentino fue denominado por los etnólogos relacionados con la Escuela Hitórico – Cultural como “araucanización”. Fue definida por Bórmida “como la sustitución de la antigua población pampeana por otra, de características diferentes, proveniente de Chile. Este proceso de sustitución fue gradual y estuvo acompañado por la difusión de elementos culturales araucanos en la región, entre los que ocupó un lugar de fundamental importancia la lengua (...) Bajo la influencia de las nuevas condiciones ambientales y culturales, los araucanos transformaron su modo de vida, convirtiéndose en un pueblo nómade que vivía de la caza de ganados, la recolección y el pillaje, abandonando el sedentarismo y las prácticas agrícolas (...) La difusión de elementos culturales aparecía necesariamente asociada a la migración y establecimiento de grupos araucanos al este de los Andes” (Ortelli, 1996).

Según Ortelli, esta concepción del proceso se basaba en dos presupuestos sumamente extendidos en esos momentos: la inexistencia de prácticas agrícolas entre las poblaciones pampeanas y la idea del nomadismo que habría caracterizado a estas sociedades.

Es necesario indicar, además, que para los investigadores Histórico-culturalistas el proceso de araucanización se había completado en el siglo XVIII.

El trabajo de Ortelli se enmarca dentro de un grupo de investigadores que intenta superar las tesis migracionistas y difusionistas como explicativas del proceso de cambio social y cultural que se produjo en la región. “La incorporación de elementos culturales araucanos debe entenderse como parte del complejo proceso de cambios internos que estaba sufriendo la sociedad indígena pampeana (Ortelli, 1996).

Para esta autora, bajo el nombre de araucanización se engloba, en la actualidad, una gran diversidad de procesos complejos que se desarrollan a lo largo del tiempo, y que en nada se parecen a un simple proceso de migración en un corto período de tiempo.

Sostiene que “hasta principios del siglo XIX la incorporación de rasgos culturales araucanos aparece ligada, fundamentalmente, al proceso de diferenciación interna de las sociedades pampeanas y se opera a través de mecanismos diferentes a la migración, entre los que podemos mencionar la intensificación de las relaciones de comercio e intercambio entre los grupos y el establecimiento de redes de parentesco interétnicas”.

“Dos aspectos aparecen como complementarios: la incorporación de elementos culturales de origen chileno por las poblaciones pampeanas fue creando un marco propicio a la migración y establecimiento de linajes de allende la cordillera, en tanto que la marcada presencia de éstos desde las primeras décadas del siglo XIX profundizó y generalizó el proceso de influencia cultural. En efecto, los grupos que migraron encontraron una pampa culturalmente araucana y un complejo entramado de relaciones, que culminó a mediados de ese siglo con la consolidación del proceso y la formación de una unidad lingüística y cultural al sur de la línea de fronteras” (Ortelli, 1996).

Paralelamente a este proceso, y en parte como resultado del mismo, se va generando una mayor complejidad social, proceso que es interrumpido por la Conquista del Desierto, momento en el cual se estaban formando Confederaciones interétnicas.

Este proceso es resultado tanto de la araucanización como de la adopción del caballo, el cual, según Mandrini, “tuvo una amplia aceptación tanto entre los mapuches cultivadores en Chile como entre los cazadores pampeanos (...) el caballo brindó una gran capacidad de movimiento, tanto en velocidad y distancia como en capacidad de carga (...) el caballo, y especialmente las yeguas se convirtieron en el alimento predilecto del indígena, era un alimento que se transportaba a sí mismo (...) su aprovechamiento era total, incluyendo fundamentalmente al cuero ”(Mandrini, 1988).

Según Mandrini, “períodos de paz y guerra alternaban más o menos regularmente a lo largo de la frontera” (1988). Sostiene que “la guerra, que no fue constante ni permanente, constituyó, en todo caso, un aspecto de los complejos vínculos que se establecieron entre los grupos indios y la sociedad rioplatense” (Mandini, 1993).

El autor antes citado realiza una periodización de los momentos alternados de paz y guerra que caracterizaron las relaciones en la frontera.

Luego de las primeras expediciones de los colonizadores por la región y la fundación de algunas ciudades, “la existencia de una enorme extensión de tierras fértiles y las reducidas necesidades de la población de Buenos Aires determinaron una lenta ocupación del suelo, incapaz de generar roces con los indígenas”. Es decir, que durante el siglo XVII nos encontramos con una frontera en paz.

A principios del siglo XVIII se observa un cambio en las relaciones entre indios y blancos, cuyas causas pueden encontrarse en el avance del proceso de araucanización y en los indicios claros de extinción del ganado cimarrón (base de la economía indígena hasta ese momento). El resultado es la “intensificación de la actividad guerrera, exteriorizada en malocas e invasiones violentas e irregulares a las estancias de la frontera”. Todo este siglo va a estar marcado por la alternancia de períodos de paz y de guerra. El carácter violento alcanzó su pico a mediados de siglo y las invasiones de 1780 y 1783 son las últimas empresas bélicas de gran envergadura de ese siglo.

A partir de fines del siglo XVIII hasta 1820 se establecen relaciones pacíficas. Este equilibrio se rompe con la gran migración araucana a las pampas causada por la situación chilena luego de la revolución (unos veinte jefes, con sus guerreros y familias, se instalaron en la pampa).

“En la década de 1820 se inicia la época de los grandes malones, resultado de una competencia cada vez más agresiva entre la sociedad indígena (estimulada por el aumento de la demanda en el mercado chileno, destino final de los ganados robados y capturados) y la blanca por el control de tierras y ganado”(Mandrini, 1993).

Cabe aclarar que estos períodos propuestos por el autor y las estrategias utilizadas por los indígenas se explican en relación con un circuito del ganado, desde la pampa a Chile, base de la economía indígena, circuito que es resultado de una mayor complejidad social y un mayor desarrollo de los mecanismos de integración social. El ganado era la base de la riqueza y la causa primordial de diferenciación social entre los indígenas. Junto con el ganado, circulaban una gran variedad de productos y mercancías. Para el siglo XIX la mayoría de los autores habla de sociedades indígenas cacicales o jefaturas, con una marcada diferenciación social en su interior.

En 1833, luego de terminar su primera gobernación de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas realiza una campaña al desierto, llegando hasta el Río Negro y quitando tierras a los indígenas de esa región, la cual fue repartida entre estancieros porteños.

Durante el segundo gobierno de Rosas (1835-1852) no existen o son escasos en número y extensión los conflictos con los indios. De este período (fundamentalmente a partir de 1840) hallamos en los archivos numerosos documentos dirigidos a los jueces de paz de los partidos fronterizos remitiendo a ellos tropas o informándolos de la entrega de las mismas a los “indios amigos” para su consumo.

Documentos de este tipo se encuentran en un gran número de partidos fronterizos como Tandil, Tapalqué, Bragado, Juarez, Lobería, Mar Chiquita, Pila, Azul y Flores.

En estos se sostiene que “con la nota de Usted fechada 26 del corriente recibí las 200 yeguas que de orden del Excelentísimo Señor Gobernador y Capitán General de la Provincia Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas me remite a Usted para el consumo de los indios amigos” (28 de diciembre de 1845).

Generalmente el número promedio donado a los indios amigos es de 200 yeguas, aunque hay casos de más de 300 yeguas, como muestra el siguiente pasaje: “el que firma se dirige a Usted para decirle que con el conductor Don Feliciano Barreda y siete hombres que lo acompañan, remite a Usted por disposición del ciudadano Comisionado Don Mariano Ferrero, cuatrocientas yeguas gordas para los indios amigos (...) Esta tropa se compone de 320 yeguas de cuenta; 80 potrillos de año, a dos por uno; y 120 potrillos de meses a tres por uno; formando todos estos animales el número de las 400 reses expresadas” (Azul, Mayo de 1851).

Como dice Sergio Villalobos, con el término indios amigos “se designaba a los que vivían cerca de la línea fronteriza y que se habían convertido en colaboradores de los españoles en la paz y la guerra. En un comienzo, los amigos habían sido muy pocos, pero el transcurso del tiempo amplió su número y su distribución geográfica”. Esto es una muestra “de que los aborígenes no constituían un bloque sólido y único” (1995).

Siguiendo a este autor observamos que los indios amigos, en la época de la colonia, solían duplicar y hasta sextuplicar al número de soldados. “Las primeras agrupaciones de indios amigos surgieron junto a los fuertes (...) fueron peones que limpiaban los fosos, reparaban las empalizadas, reforzaban los terraplenes y ayudaban en la construcción de barracas en los fuertes (...) no tardaron los amigos en acompañar a los cristianos como guerreros, donde actuaban como exploradores, despejaban los senderos, formaban cuerpos de vanguardia. Pero la mayor ayuda la prestaban, sin embargo, en los choques armados” (Villalobos,1995).

Según Mandrini, “las autoridades coloniales (...) procuraron ganar la amistad de algunos caciques con regalos y dádivas para oponerlos a los más agresivos, aprovechando para ello las rivalidades tribales” (1993).

Ya en el período posindependentista “tribus enteras, algunas numerosas como las de Catriel o Coliqueo, se encontraban establecidas en territorio blanco, aliadas o amigas y algunos caciques llegaron a ser considerados estancieros, como ocurrió en Bahía Blanca con Francisco Ancalao” ( Mandrini 1988).

Como se ve, la existencia de indios amigos era algo común, que aparece tempranamente, en el período colonial, y se prolonga hasta la derrota de los indígenas. Sin embargo, lo que nos resulta problemático de explicar no es la existencia de indios amigos, sino la ausencia (o casi) de problemas en la frontera y el uso generalizado de la categoría de “indio amigo” en el período que va de 1835 a 1852, en comparación con el período posterior (1853-1880) que se caracteriza por una marcada distinción entre los aliados y los enemigos.

Creemos que esta ausencia casi total de conflictos con los indígenas en este período se debe a una política de pacificación de la frontera por parte de Rosas, luego de su Campaña al Desierto (1933).

En efecto, el número de ganado donado por Buenos Aires a los indígenas era realmente alto, más de 200 por mes en cada partido estudiado por nosotros. Como dice Mandrini “una fuente de provisión de ganados no bien estudiada podrían ser las entregas que efectuaban periódicamente los gobiernos, e incluso algunos hacendados, para mantener tranquilos a los caciques (...) Esta política fue llevada a cabo sistemáticamente por Rosas que dispuso para ello de los recursos de las estancias expropiadas a sus opositores políticos, encontrando el recurso más económico que mantener una frontera en estado de guerra permanente” (Mandrini, 1988).

Política evidenciada en los siguientes pasajes:

-“una tropa de doscientas yeguas al Juez de Paz y Comandante del Azul Don Pedro Posas y Belgrano, para el consumo de los indios amigos, sacadas de la Estancia que fue del Salvaje Unitario Marcelino Lastre, de la que Su Excelencia quede enterado” (12 de noviembre de 1846).

-“remite doscientas yeguas para el consumo de los indios amigos, sacadas de la Estancia que fue del Salvaje Unitario Juan Pardo” (9 de enero de 1847, Santos Lugares).

Su carácter sistemático puede ser demostrado en expresiones recurrentes en los documentos de esa época, expresiones casi rutinarias como: “doscientas yeguas gordas para los indios amigos de esas inmediaciones, y que son correspondientes al mes de la fecha”(Fuerte Azul, Enero 6 de 1851), o “doscientas yeguas gordas para los indios amigos en esas inmediaciones y que son correspondientes al consumo del mes” (Fuerte Azul, Septiembre 5 de 1850).

Luego de la caída del rosismo, no aparecen donaciones a indios amigos (aunque sabemos que siguieron existiendo tribus aliadas como las de Catriel y Coliqueo) y comienzan los conflictos fronterizos, como se sigue del siguiente fragmento en el cual se sostiene que la Comandancia de Tapalqué “ha recibido chasque del Cacique Calfucurá avisando que los indios Pampa situados por el sauce se están preparando para invadir la Provincia” (Tapalqué, Septiembre 13 de 1853).

En 1855 “un gran malón, encabezado por el propio Calfucurá, arrasa las tierras vecinas a la ciudad de Azul. El General Bartolomé Mitre, jefe de operaciones de la frontera sur, con sede en esa ciudad, emprende operaciones contra los indígenas, pero es cercado en Sierra Chica (...) Es reemplazado por el General Honos, quien es derrotado por Calfucurá en el combate San Jacinto, cerca de Tapalqué (1856). Su sucesor en el mando, el General Escalada, opta por hacer la paz con algunos caciques, especialmente con aquellos asentados cerca de la frontera que, como Catriel y Cachul, habían mantenido excelentes relaciones con el gobiernos porteño en época de Rosas” (Mandrini y Ortelli, 1992).

A lo largo del año 1857, los ataques sobre la frontera de Buenos Aires se continúan, obteniendo los indígenas grandes cantidades de ganados y cautivos.

A partir de 1862 los conflictos fronterizos parecen estar determinados de forma unilateral por Buenos Aires, cuya política fronteriza progresivamente va cambiando desde una orientación defensiva a una ofensiva (la cual realmente aparece con la campaña de Roca).

“El triunfo de Mitre en 1862 consolidó la unidad nacional bajo la hegemonía porteña al mismo tiempo que aseguró la imposición de una política económica liberal y el desarrollo de las condiciones básicas para la expansión de una economía agroexportadora. Una de esas condiciones era la incorporación de nuevas tierras... y allí estaba el rico territorio indio” (Mandrini, 1988).

Ya en 1968, el Comandante en Jefe de la frontera del oeste envía una carta al Juez de Paz del partido de Bragado para comunicarle que ha recibido una nota del Ministerio de Guerra y Marina en el cual informa que “tiene conocimiento de haber llegado a las tribus de Calfucurá un número de mil indios chilenos, con el objeto de negociar (...) tome todas aquellas precauciones que contribuyan a robustecer la acción de la fuerza militar en aquella frontera, por si dichos indios intentasen realizar alguna invasión” (9 de Julio, Agosto 24 de 1868).

Del mismo año, es una nota del Ministerio de Gobierno al Juez de Paz del partido de Bragado sobre “la eficaz cooperación que Usted le ha prestado [al regimiento número 6] a fin de que pudiera perseguir y batir a los bárbaros del desierto, que acaban de dar un malón a esa parte de la frontera” (Buenos Aires, Noviembre de 1868).

Está claro que las relaciones habían cambiado y que el enfrentamiento fronterizo era siempre probable, como lo muestra el siguiente documento: “La penuria en que se encuentra el Tesoro Nacional, no permite por ahora al Excelentísimo Gobierno proveer muchas de las necesidades que se sufren en la guarnición de la frontera. Pero hay una más urgente que todas y de que no se puede prescindir (...) porque compromete la seguridad de la propiedad y la vida de muchos de los habitantes de la campaña (...) es la carencia absoluta de caballos (...) si desgraciadamente los indios entran a robar (...) la guarnición no podrá absolutamente perseguirlos y escarmentarlos”(25 de agosto de 1871, Azul; carta enviada por la Comandancia General de las Fronteras Sud, Costa Sud y Bahía Blanca al Juez de Paz del partido de Juarez). Sin embargo, seguían existiendo indios amigos, como se sigue de la nota enviada al Juez de Paz de Bragado el 27 de Agosto de 1869: “Habiendo concedido la Caja del servicio activos de las armas al Cacique Reilef y su tribu (...) en atención a sus dilatados servicios en la frontera de esta Provincia”.

Estas citas demuestran claramente que, a diferencia del período anterior, eran distinguidas claramente las tribus amigas de las enemigas. También es importante remarcar que están ausentes las donaciones periódicas que caracterizan al período anterior, lo que no hace sino ratificar el carácter sistemático que dichas donaciones tenían.

Durante la década del 70’ del siglo pasado esta situación de tensión y enfrentamiento va a ir progresivamente en aumento, no sin un intento de revertir la situación por parte de los indígenas, los cuales van a organizar grandes malones. Una característica a resaltar es que en esta situación las tribus aliadas a los blancos mantienen una fidelidad casi total.

A principios de esta década, y con el fin de la guerra con Paraguay, el gobierno nacional dispone de fuerzas y recursos “para intentar cumplir la ley nacional de 1867, llevando la frontera hasta el Río Negro. Conocedores los indígenas de los proyectos del gobierno, desatan continuos y violentos malones sobre la frontera” (Mandrini y Ortelli, 1992).

A fines de 1871 Calfucurá “convoca a los principales caciques para realizar una gran invasión a los territorios de Buenos Aires, que se llevará a cabo recién a comienzos del año siguiente” (Mandrini y Ortelli, 1992). Muestra de esta convocatoria de Calfucurá es un documento enviado desde el fuerte Belgrano al Juez de Paz de Juarez el 27 de Noviembre de 1871 en donde se le comunica que “unos 400 o 500 indios han salido de los toldos de Calfucurá para invadir en esta frontera”.

Cabe recordar que estos eventos corresponden al gran malón de 1872 donde Calfucurá es derrotado. Nuevamente vemos la importancia de los indios amigos, fundamentalmente las tribus de Catriel y Coliqueo, que lucharon junto con las fuerzas nacionales.

Esta derrota fue fundamental; como dice Mandrini “al mundo indígena le quedaba por entonces poca vida y los grandes malones de 1875-1876 fueron el último gran intento ofensivo por defender sus posesiones ante el avance del blanco” (1988).

En este malón se alzaron Catriel, Namuncurá, Baigorrita y Pincén, a los que se unieron indios chilenos y de la cordillera. Es la llamada “invasión grande”, que atacó todo el suroeste bonaerense (Tandil, Azul, Tapalqué, Tres Arroyos y Alvear). Luego de su derrota se inicia “el avance formal de la frontera hasta una nueva línea avanzada, extendiendo las líneas de telégrafo y ferrocarril” (Mandrini y Ortelli, 1992).

Del año 1876 es también una circular del Ministerio de Gobierno (10 de Agosto) enviada a los jueces de paz de los distintos partidos fronterizos (nosotros la hallamos en los partidos de Bragado y Juarez), en la que se informa que la sociedad rural ha formado una comisión para “secundar en cuanto sea posible los esfuerzos del gobierno general en la defensa de la frontera”, la cual se ocupará de “recolectar los elementos útiles al objeto, como dinero, caballos, etc, los que serían puestos a disposición de la autoridad nacional”.

En 1877 muere Alsina y lo sucede Julio A. Roca, lo que significó un cambio de política, ya que Roca es partidario de terminar rápidamente con el problema del indio mediante la guerra ofensiva y el exterminio de los grupos que se resistieran.

En menos de dos años había cumplimentado su objetivo.





CONCLUSION


Vimos que a lo largo de tres siglos los indígenas alternaron estrategias de guerra y paz según la disponibilidad de ganado, y que también varios grupos se convirtieron en “indios amigos”.

Creemos que el uso generalizado de esta categoría durante la gobernación de Rosas se debió a una política pacificadora del mismo, la cual se manifestaba en sistemáticas donaciones de ganado, y a una consecuente estrategia de paz por parte de los indios.

El cambio en las relaciones se debió a la variación de la orientación de ambas sociedades; en los documentos se usa con un sentido mucho más restringido la categoría de “indio amigo”, no se hace mención de grandes donaciones y se vislumbra un continuo conflicto fronterizo, cuya importancia va en ascenso.

Ambos períodos están delimitados por momentos importantes de la política nacional, lo que nos está mostrando que a medida que se imponen las relaciones capitalistas de producción y se va constituyendo un mercado de escala nacional, la sociedad y el Estado nacional tienen la iniciativa en el tipo de relación que se da en la frontera, haciendo cada vez más estrechas las posibilidades de maniobra del mundo indígena.









































BIBLIOGRAFIA


-Mandrini, Raúl. “La sociedad indígena de las pampas en el siglo XIX”, en: Antropología Comp. Mirta Lischetti. EUDEBA. 1988.

-Mandrini, R. “Guerra y Paz en la frontera bonaerense durante el siglo XVIII” Ciencia Hoy, vol. 4, N 23, Marzo- Abril, 1993.

-Mandrini, R. Y Ortelli, S. “Volver al país de los araucanos”. Editorial Sudamericana. 1992.

-Mayo, C. Y Latrubesse, A. “Terratenientes, soldados y cautivos: la frontera (1737 – 1815)”. Fotocopias de los capítulos II y V.

-Ortelli, Sara. “La ‘araucanización de las pampas: ¿realidad histórica o construcción de los etnólogos?”. Anuario del IEHS 11, Tandil, 1996.

-Solis, Leonardo León. “Maloqueros, tráfico ganadero y violencia en las fronteras de Buenos Aires, Cuyo y Chile, 1700 – 1800” (fotocopia).

-Villalobos, Sergio. “Vida fronteriza en la Araucania: el mito de la guerra de Arauco” Ed. Andrés Bello. 1995.

-Los documentos inéditos citados se encuentran en el Archivo de la Provincia de Buenos Aires, sección Juzgado de Paz.

















































 

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