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II Jornadas Regionales de Historia y Arqueologia
 

 

Relaciones fronterizas en las tierras del Monsalvo y Dolores, primera mitad del XIX.


Analía Correa.

Becaria de Investigación, Facultad de Humanidades. Grupo de Investigación Arqueología Regional Bonaerense, Universidad Nacional de Mar del Plata. acorrea@mdp.edu.ar


Introducción


Este trabajo se inserta en un proyecto de investigación histórica de carácter regional que se propone evaluar la variabilidad espacial y temporal de la situación social de fricción interétnica en un sector acotado del área pampeana. Se trata de una aproximación al conocimiento de las estrategias indígenas desarrolladas en el marco de las fuertes tensiones con los cristianos, especialmente a partir de 1820, cuando se intensifican los esfuerzos de los agentes gubernamentales por controlar la población y el territorio indígena al sur del río Salado1.

En este marco, resulta central la categoría de fricción interétnica, acuñada por el antropólogo brasileño Cardoso de Oliveira para hacer inteligible un tipo específico de sistema social cuyo factor dinámico es el conflicto latente o manifiesto. En esta situación, las unidades étnicas en contacto guardan relaciones de contradicción antagónicas, dado que la misma existencia de una de las unidades niega la existencia de la otra. En la base de esta relación se conjugan intereses económicos opuestos, dado que la sociedad indígena procura obtener bienes manufacturados que su economía no produce (armas, herramientas, aguardiente, vestimenta), y la sociedad blanca procura controlar el territorio y/o la mano de obra indígena. Mientras existe cierto equilibrio de fuerzas y contraposición de intereses de los blancos, los indios mantienen una autonomía relativa que les permite negociar de manera fructífera. Cuando la obtención de los bienes provenientes del exterior pasan a ser indispensables, se genera una dependencia definitiva del indio hacia la sociedad circundante, la cual incluye en sus planes expansivos al indio. En el momento en que la fuerza de trabajo y las tierras indígenas se valorizan, el indio pasa a ser subyugado y su territorio conquistado. (Cardoso de Oliveira, 1992; Palermo, 1988)

La metodología de análisis regional escogida implica un recorte espacial dentro del área de desarrollo histórico considerada tradicionalmente como de tierras “nuevas”, sector de la frontera que separaba el mundo indígena del mundo de los cristianos, coincidente con los límites jurisdiccionales de los partidos de Monsalvo y Dolores. El análisis propuesto se basa en el registro de datos provenientes de fuentes cualitativas, tales como expedientes militares y relatos de pobladores de la campaña, guiado por la intención de interpretar las relaciones conectivas entre los distintos sujetos históricos en el proceso de conformación de la frontera bonaerense.


El territorio y la población en la Pampa Deprimida


La característica destacada de la región en estudio son las altitudes bajas, su cobertura vegetal abierta y de escasa altura y la alternancia de sequías e inundaciones que ocasiona la salinización de las aguas y de los suelos. Las depresiones de difícil drenaje, encierran ambientes lagunares y bañados que constituyen un rasgo geográfico significativo para la instalación humana al sustentar un complejo de condiciones climáticas y bióticas favorables. Las fuentes escritas y arqueológicas nos brindan datos de instalación indígena en la cercanía de estos abrevaderos naturales. El río Salado fue un punto importantee de los desplazamientos indígenas Norte-Sur, a través de rutas con altos en lagunas y arroyos de agua dulce que se extendían en una intrincada malla entre las sierras de Tandilia y el río mencionado. No obstante, la ocupación y puesta en producción por parte de población criolla en esta zona hubo de sortear serias dificultades debido a su desconocimiento de los recursos de agua y cuencas cerradas potables. En este sentido, el reconocimiento de las “rastrilladas” adquirió una importancia vital para los cristianos, puesto que a través de estas sendas era posible descubrir las fuentes de agua dulce y lagunas temporarias que desaparecían en épocas de sequía (Cansanello, 1995; González, 1991).

Desde las paces celebradas en 1790, en tiempos del virrey Loreto, donde se fijó como línea divisoria el río Salado, la población indígena gozaba de una relativa tranquilidad respecto del control del territorio pampeano. Las autoridades gubernamentales, ocupadas en las guerras de independencia, no podían distraer esfuerzos para la expansión territorial. (Mandrini, 1993). No obstante, la colonización fuera de esos límites, en el entorno de la laguna Kaquel, montes del Tordillo o Dolores, precedió a la expedición militar de Martín Rodríguez.

Hacia 1815 se inicia el proceso de ocupación del espacio regional por parte de grandes comerciantes que desde Buenos Aires orientan sus esfuerzos hacia el logro de la conquista de la hegemonía económica de la campaña bonaerense. Los gobiernos posteriores a la Revolución de Mayo favorecieron la expansión ganadera más allá del río Salado, en territorio indígena. Así, en 1815 Francisco Ramos Mexía recibe tierras en merced en el área de la laguna Kaquel Huincul (actual partido de Maipú). En el mismo año, Pablo J. Ezeiza recibe 96 leguas cuadradas en el actual partido de Mar Chiquita.

En 1818, Pedro Alcántara de Capdevilla, figura importante de la elite de grandes comerciantes de Buenos Aires, realiza un pedido de tierras en merced porque necesitaba“trasladar a mejores campos los ganados que tengo en mi estancia situada a las inmediaciones del arroyo de las Conchillas en el Partido de los Quilmes...”

Las investigaciones realizadas por César Román (1997) demuestran que el obstáculo principal para el intento de Capdevilla de poblar la estancia fue el conflicto con los indios. Los derechos de merced no implicaban la propiedad de la tierra si ellas no eran “pobladas” dentro de los cuatro meses posteriores a su otorgamiento por parte del gobierno. En 1819, Capdevilla despacha varias carretas con las maderas necesarias para casas y corrales, capataz y peones para ejecutar las construcciones y para el cuidado de los ganados. Pero todo se malogró con la irrupción de los indios pampas... En 1820, manda poblar los mismos terrenos al mayordomo Don Gregorio Soto con cinco carretas que conducían herramientas, 25 hombres armados y algunos ganados, pero la expedición tuvo que retirarse después de seis meses a causa de una incursión de los indígenas que incendiaron la estancia de Don Pablo Ezeiza. El sargento Cornell,2 atribuye este robo de haciendas al cacique Negro, y en febrero de 1820, desde Kaquel Huincul el General Rodríguez informaba que “ha regresado el caciquillo Jacinto al que envió “al otro lado de la sierra” solicitando una entrevista a los caciques Ancafilú, Curunaquel, y Anepan, quienes le han contestado que están prontos a devolver el ganado y caballos robados y en consecuencia ha nombrado una partida de 30 hombres para recibirlos y solo espera para despacharla la llegada del otro chasque Leguman que fue a otro punto de la sierra a igual diligencia con los Caciques Negro y Pichiloncoy.

Agrega que ha circulado orden entre los hacendados para que envíen gente a Kaquelhuincul a reparar sus respectivos ganados.

En marzo del mismo año, Rodríguez comunicaba que “falseando los tratados, los indios han devuelto 500 cabezas cuando debieron entregar 20.000 y porción de caballada, que esto es una burla que no puede quedar impune. Que desde 1814 han robado más de 50.000 (cincuenta mil) y vacunos e inmensa caballada.

Que las 500 cabezas devueltas son del hacendado Ezeiza.”

En 1822 Capdevilla vuelve a mandar poblar estas tierras a Don José Alvarino, llevando consigo además de varias carretas, treinta hombres armados. Las recurrentes incursiones de los indígenas no permitirán que Capdevilla pueda “poblar” la estancia y por ello pierde el derecho de merced sobre ella, teniendo que gestionarlas posteriormente en enfiteusis.

El proceso de instalación de estancias ganaderas en esta región del Nuevo Sur no puede comprenderse cabalmente si no se integra el avance de la frontera militar. La fundación de la guardia de Kaquel Huincul en 1815, la expedición contra los indios organizada por Martín Rodríguez, la fundación del Fuerte Independencia (Tandil) en 1823, son hechos importantes que demuestran la intención del gobierno por garantizar el control del territorio que hasta entonces permanecía bajo dominio indígena.

En 1819, hacendados y autoridades militares coinciden en la necesidad de creación de un cuerpo de veteranos costeado por hacendados, proyecto autorizado por el Ministro de Gobierno Gregorio Tagle. El objetivo era poner a la frontera “a cubierto de las depredaciones de los indios” para lo cual propuso el Ministro “que el Capitán del Ejército Antonio Báez se dirigiera a Kaquelhuincul con 25 hombres cuyo prest sería pagado por los hacendados según el plan propuesto”.(...) “Contenidos los indios por la presencia de esta fuerza, aprehendidos muchos de los malévolos y desertores y amedrentados otros gozan los hacendados de la frontera del sud de la tranquilidad que deseaban y se hallan garantidos de las depredaciones que con frecuencia experimentaban”. De este modo justificaba Tagle la necesidad de aumentar el número de tropa para resguardar tan vasta campaña, “y como son absolutamente necesarios 100 hombres para su servicio propone que para el pago de esta fuerza se afecte exclusivamente todo el ganado existente en el establecimiento de Kaquelhuincul cedido por los hacendados a beneficio de la frontera. Este ganado se agregaría al orejano que debe recolectarse y así formar un fondo que alcance para sostener la indicada fuerza de cien hombres, que, según lo exijan las circunstancias, podría aumentarse progresivamente. Del mismo modo, se proveería con este ganado a la subsistencia de los obreros que construyan las fortificaciones o fortines que se formen para seguridad de la frontera”. En el listado de aquellos que se suscriben para el pago de las tropas al sud del Salado, Juan José de Ezeiza acompaña a 22 individuos, destinando dos de sus esclavos para la conformación de la fuerza veterana. 3

Además del establecimiento de guardias y fortines, la fundación de pueblos manifiesta la intencionalidad de control territorial. En 1817, se fundaba el primer pueblo al sur del Salado: Nuestra Señora de los Dolores. Recientes investigaciones demográficas comprueban la existencia de un núcleo incipiente de población “urbana” y la intervención en el proceso de colonización de distintos productores (quinteros, chacareros, estancieros) (Mascioli, 1997). A medidos del año 1822, propone al gobierno la creación del partido de Monsalvo, con jurisdicción sobre todo el territorio al sud del Salado. Hasta ese momento, la única autoridad era el Comandante Militar de la guardia de Kaquel Huincul, el pueblo de Dolores había sido atacado por una invasión indígena y en la zona del Tordillo existía una incipiente población. Se crea el nuevo juzgado y luego de la rebelión de los “Libres del Sud”, en diciembre de 1839 se dicta un decreto por el cual toda la extensión de territorio comprendido desde el río Salado hasta el río Quequén, costas sobre el mar, y las tierras existentes al exterior de las sierras de Tandil y Tapalqué, que hasta entonces se hallaban bajo la jurisdicción de tres juzgados civiles, se subdivide en catorce secciones. El partido se Monsalvo se dividió en cuatro: Ajó, Tuyú, Mar Chiquita y Lobería Grande. El de Dolores, en Tordillo, Pila y Dolores.


Conteniendo a los cristianos: relaciones interétnicas al sur del Salado


El papel desempeñado por los liderazgos étnicos o los ciclos económicos dinamizantes del frente de expansión de la sociedad nacional, así como la etapa de evolución política del aparato jurídico-institucional con base en Buenos Aires, serán aspectos a considerar para dar cuenta de la formación social en la cual se gestaron los mecanismos de articulación étnica. Se trata de un análisis de las manifestaciones empíricas que pertenecen a la esfera del “acontecimiento” e individualizan la estructura del sistema interétnico. Consideramos que el sistema interétnico no puede ser comprendido en un sentido dinámico sino dentro del contexto de un proceso histórico concreto.

Mandrini (1993) plantea que los avances realizados en el conocimiento del espacio rural nos muestran que el desarrollo de un ecosistema agrario pastoril indígena era congruente con el funcionamiento de otros ecosistemas agrarios en aquel ámbito. La reorientación de la economía bonaerense en la década de 1820 estaría, justamente, en la base de la ruptura de un esquema de relaciones elaborado hacia fines del siglo XVIII, en los tiempos del Virrey Loreto.

El año 1820 señala en el marco de la sociedad pos-independiente el surgimiento de la provincia de Buenos Aires como nueva entidad política. Con ella, la intensificación de los esfuerzos por concretar la conquista de las tierras dominadas hasta entonces por sociedades indígenas. Los gobernantes debieron asumir la defensa de las fronteras con fuerzas militares acordes a las necesidades del estado provincial.

Las campañas de Martín Rodríguez, la fundación del Fuerte Independencia en las sierras de Tandil, las campañas de Rauch, el establecimiento de una colonia en lo que luego sería Bahía Blanca, fueron medidas efectivas que provocaron el desplazamiento de los núcleos indígenas pampeanos hacia las tierras del oeste, a los campos de Carhué y a los valles del oriente de la actual provincia de La Pampa.

Respecto a las politicas oficiales de ocupación territorial y a las respuestas por parte de la sociedad indígena, el Sargento Mayor Juan Cornell, en su Informe al Ministro de Guerra [1864], escribía que hacia 1820:

La frontera por el Sud había adelantado hasta Kaquel y también las estancias por inmediaciones a la costa del mar desde el Río Salado hasta la Mar Chiquita. Por el norte partiendo desde Chascomús, Ranchos, Montes y demás puntos hasta Mercedes y Melincué se mantenían en sus antiguos puestos. Los establecimientos de estancias en toda esa estensión al frente no habían alcanzado sino hasta el Río Salado. (...) Los indios pampas hacía años que se mantenían en paz situados por la Lobería, Tandil, Chapalufú, Huesos, Tapalqué y Kaquel, viniendo a comerciar hasta esta Capital, alojándose en los corralones destinados a este negocio. [...]


El comercio blanco-indígena tenía en la ciudad de Buenos Aires uno de sus centros de intercambio, trayendo a la ciudad productos artesanales tales como talabartería y textiles como excedentes de sus actividades de caza: pieles y plumas de avestruz. Una amplia variedad de mercancías se incorporaban como resultado de este intercambio a las tolderías: yerba, azúcar, dulces, tabaco, aguardiente, cuchillos, harinas, cuentas de collar. Pese a las resistencias indígenas frente a los avances de los cristianos, el intercambio comercial conformó un mecanismo de articulación entre hispano-criollos e indios. De este modo, la circulación de bienes excedentarios por vía comercial generó la incorporación creciente a los mercados regionales trasandinos y porteños.

En el marco de la resistencia indígena al proceso de ocupación del espacio pampeano por parte de la sociedad criolla, es fundamental establecer las vinculaciones entre los malones y los actos que los indígenas percibían como agresiones de los cristianos. En tal sentido, la matanza de personas, incendios y destrucciones que acompañaban la apropiación de ganados y cautivos en chacras, estancias y poblaciones de la frontera, constituyen conductas que, además de un valor económico, tienen un claro contenido de violencia social. En muchos casos, el malón fue una neta actividad de guerra tendiente a lograr determinadas condiciones en las relaciones con el mundo hispano-criollo. (Mandrini,1987; Palermo,1988).

Aquellas manifestaciones que los blancos concibieron como producto de la barbarie y del carácter naturalmente agresivo de los indios fueron respuestas étnicas ante la práctica expansiva de la sociedad blanca y sus intereses de control y dominio. Acciones militares de los lanceros indígenas enfrentados al ejército, invasiones, saqueos, malones, asesinatos, incendios, asolaron las poblaciones de frontera. El interés económico de tales incursiones en búsqueda de ganados y cautivos es claro, pero también es posible suponer que se trata de acciones violentas que ponen de relieve la resistencia de la sociedad indígena frente a la conquista de tierras iniciada en el siglo XVI. Los indígenas paulatinamente fueron perdiendo vidas humanas, ganados y territorios y esta realidad no pudo pasarles inadvertida, generando formas de “identidad contrastante”, categoría que, como vimos, dá cuenta de los enfrentamientos sociales. Se impone la búsqueda de fuentes que permitan analizar fenómenos pertenecientes a la esfera material y simbólica de estas sociedades.


De qué manera pudo concretarse el avance efectivo de la colonización blanca de tierras ubicadas al sur del río Salado?. El rol de las alianzas establecidas entre algunos caciques y sus tribus y las autoridades militares y gubernamentales fue fundamental para que dicho avance fuera exitoso.

Dice Cornell :

Pero desgraciadamente las turbulencias del año 20 y el mal manejo que se tuvo para tratarlos hizo disgustarlos en tiempo del gobierno del General Rodríguez, y se retiraron de Kaquel donde residían las tribus de Ancafilú, Pichiman, Antonio grande y Landao, que vivían pacíficamente agasajados por Don Francisco Ramos Mejía, que permanecía sin ningún temor en su estancia con toda su familia y sin exajeración diré, rodeado de estas indiadas [...]

Respecto de la expedición de Martín Rodríguez, el mismo Cornell afirma que:

[...] no produjo ésta mayores resultados, si no al contrario más disposición en los indios para hacernos la guerra y no poca por haber traído preso en el mismo ejército a Don Francisco Ramos Mejía con toda la tribu de indios pacíficos que tenían sus tolderías en su estancia Miraflores.

Por las referencias de Oreste Carlos Cansanello (1995), sabemos que las tierras de esa estancia, ubicada en las cercanías de la laguna Kaquel, fueron concedidas por el Gobierno a Ramos Mejía para que las explotara -aunque no en propiedad- en 1817. En ellas también se hallaba instalado un destacamento de blandengues y La Guardia o Comandancia General de Kaquel. Allí se asentaban tolderías indígenas que trabajaban en tareas rurales, criaban ovejas y tejían. Muñiz (1966) señala que en un convenio firmado en 1820 entre el gobierno de Buenos Aires y las tribus de la frontera Sud de la provincia, firmando a nombre de los caciques, aparece el hacendado Francisco Ramos Mejía.4 El mismo autor refiere que los indios que estaban conchabados como peones fueron atacados por Martín Rodríguez, acusados de facilitar la llegada de los malones sobre las haciendas del sur. Ramos Mejía, su familia y todos sus indios fueron presos a la Capital. En abril de 1821 una invasión indígena cayó sobre la naciente población de Dolores. Muñiz también afirma que el gobierno consideraba a la estancia como centro de oposición política.

El sargento mayor Cornell relata como 1500 lanceros, guiados por José Luis Molina, capataz de Ramos Mejía, invadieron la naciente población de Dolores, asesinando, incendiando, capturando prisioneros y recogiendo un inmenso botín de más de 150.000 cabezas de ganado. Molina, baqueano, capataz de Ramos Mejía, fue soldado de la Independencia del Regimiento de Granaderos a Caballo. En 1820 era capataz de la estancia de Francisco Ramos Mejía. Cuando el gobierno de Martín Rodríguez apresó al hacendado y a los indios que vivían en su estancia, Molina junto con dos peones más, huyó hacia las tolderías.

Por los años 23 y 24, prosigue Cornell:

El gobernador Rodríguez emprendió ..su última expedición al desierto. Reunió en el Tandil los elementos de guerra. Las fuerzas militares se componían de los regimientos de caballería Blandengues, Colorados de las Conchas, los Húsares, lo s escuadrones auxiliares de Entre Ríos, Milicaias de la Ensenada y Chascomús, Voluntarios del tordillo y Monsalvo, Batallón de Cazadores y Artilleros. De todos estos cuerpos se compuso el Ejército.5

Durante su organización, en el Tandil, no perdían los indios oportunidad de hostilizarlo y así permaneció algunos meses durante el verano.

No obstante el ejército marchó al desierto por el mes de marzo de 1824 en dirección a la Ventana llevando a la cabeza al gobernador Rodríguez, al ministro de la guerra el señor Cruz y al general Rondeau y de baquianos al gaucho Paulino (hay un cerro de este lado del Volcán que lleva su nombre. Lugar de su habitación solitaria ) y al indio chileno Rojas de nombre. A los cuatro días de marcha y a quince leguas del punto de partida, se dejó ver un número considerable de indios. Las guerrillas más o menos fuertes comenzaron desde esa jornada, y aún sin embrgo que ellos perdieron hombres las más veces no por ello desistieron de provocarnos a la pelea, diariamente, sin aventurarse a una batalla formal, sino únicamente en guerrillas.


Sobre la base de información publicada en Gaceta de Buenos Aires el 10 de diciembre de 1820 y el 24 de enero de 1821, Muñiz (1966) refiere que el Gobernador Martín Rodríguez dispuso una expedición contra los indios que atacaban las poblaciones de la frontera. Rodríguez se puso en campaña situándose en el fortín Lobos, donde debían reunirse un total de 2500 hombres. Una división dirigida por Hortiguera, La Madrid y Rosas invadirían por el centro, mientras otra fuerza de 1000 plazas lo haría por el sur. La columna de Martín Rodríguez, cruzando el Salado, continuó rumbo al sur, acampando a orillas de la laguna Kaquel-huincul. Prosiguió el avance llegando hasta la sierra del Tandil, desde donde se dispuso sorprender las tolderías de los caciques Ancafilú y Anepan, que moraban en las márgenes del arroyo Chapadleufú. El arroyo tuvo que ser pasado a nado, por lo que no lograron sorprender a los indios, pero las tropas de Rodríguez lograron captar algunos niños y mujeres como prisioneros, más yeguas, caballos, vacunos y ovejas.

Reunidos los indios dispersos en pequeñas partidas, se mantuvieron a la vista de las tropas y avanzando audazmente se acercaron manifestando deseos de someterse, a cuyo fin pedían celebrar un parlamento, prometiendo que las tribus de los caciques Catriel y Pichiloncoy también querían hacer las paces. Abiertas las negociaciones, Rodríguez devolvió a los indígenas los prisioneros y rebaños y los caciques quedaron en presentarse en unos días. Un caciquillo, Juan Landao, delató los planes de los indios, el cual consistía en presentarse 300 de ellos como aliados, para operar contra los tehuelches. Una vez en marcha, conducirían a la división al sitio en que debían estar las tribus enemigas, y en un golpe sorpresivo, los 300 aliados arrebatarían la caballada, atacando los tehuelches de inmediato.

El cacique Pichiloncoy llegó hasta Rodríguez solicitando parlamentar, y los planes de los caciques pampenos se cumplieron, llegando a atacar a las fuerzas del Gobernador. La superioridad bélica, en este caso, atribuída al cañón, contuvo a los indios, ocasionándoles unas 150 bajas, entre muertos y heridos. Vista la situación, y la inutilidad de proseguir las operaciones, se resolvió emprender la retirada.6 De regreso, el jefe de las fuerzas mandó apresar a los indios asentados en la estancia Miraflores, al sur del Salado, propiedad de Francisco Ramos Mejía. En el comunicado que pasó al gobierno Rodríguez señalaba que de allí “reciben los demás indios noticias que les favorecen para sus excursiones”, asegurando, además, que en esa “estancia es donde se proyectan los planes de hostilidades contra provincia”7. Así, intimó a Ramos Mejía para que se presentara y baje a Buenos Aires, mandando una fuerza para traer a los indios que allí encontrara.

En abril del mismo año, más de 1500 lanceros efectuaron una excursión en la que saquearon y destruyeron la naciente población de Dolores, guiados por el capataz de Miraflores, José Luis Molina, quien pronto adquirió prestigio entre los indios.

Para la sociedad blanca, la necesidad del conocimiento geográfico en la región pampeana estaba directamente relacionada con la defensa y población de las áreas consideradas de frontera. La efectividad en la modalidad del poblamiento exigía el conocimiento de las condiciones ecológicas, datos imprescindibles para la instalación de los fortines. Esta necesidad se expresaba dramáticamente en las operaciones militares de reconocimiento del territorio dirigidas por el General Rodríguez en 1824, en un parte escrito desde el Fuerte Independencia, el jefe de la expedición al sur informaba: “...retrogradé para este punto el 24 del pasado desde las inmediaciones de la Bahía Blanca haciendo el más exacto reconosimiento en la mayor parte de los lugares inmediatos a la Ventana donde acostumbran situarse los salvajes; más allá 6 jornadas me vi obligado a accelesar mis marchas y bolber al camino conocido pues declaránsese la estación del modo más duro ha tenido el Exto que (...) marchar por un diluvio de agua y nieve doce dias continuados hta que ha llegado hoy reunido todo a este punto sufriendo quantas incomodidades no es fácil describir, especialmente el Batallón de Casadores que viniendo a pie solo esfuersos de todos los jefes y oficiales y de la tropa de Caballería han podido sabar sin mas perdida que la de Dios de aquellos que han muerto helados. (...) Los enfermos del mismo Cuerpo y de otros que son en bastante número dentro de 6 días estarán enteramente restablecidos, según lo aseguran los facultativos”8

Entre 1830 y 1835, ...las tribus de Petí y Maicá (sus restos hoy en el Azul) -relata Cornell- habían hecho como las demás sus incursiones y sus robos. El coronel Delgado salió en su persecución con una fuerza de trescientos hombres. Alcanzó a estos caciques ya en sus toldos, según se dijo, por el Sauce Corto. Los dos caciques resolvieron pelearlo y como el número de sus lanzas no pasaba de ciento y cincuenta tuvieron el ardid de armar a todas sus mujeres y muchachos con sus cañas de tejer y cuanto palo a la distancia pareciera una lanza. Formaron tras de una cuchilla apenas asomando las cabezas y amenazando flanquear la fuerza del coronel Delgado, mientras que los de pelea iniciaron la carga por el frente. Delgado formó su cuadro, y las chinas que no pudieron aguantar su risa ni sus alaridos femeninos de burla, descubrieron lo poco fuertes que eran para hacer el papel de indios de pelea; con cuyo motivo el coronel Delgado desplegó su cuadro mandando a la carga, matando muchos y dispersando los demás, apoderándose enseguida de todo el escuadrón burlesco que convirtieron su risa en llanto. (...) Peti y Maicá ofrecieron la paz, por sacar sus familias y han tenido lealtad después de esto.


La identificación de “indios amigos” constituye la ideología étnica de un momento del contacto entre los indios y los blancos. Una visión revisionista de la historia muestra a Juan Manuel de Rosas como un hombre inclinado a una política pacífica para enfrentar el “problema del indio”. Esta política fue un instrumento que Rosas supo utilizar cuando los indígenas aceptaban el compromiso de sellar alianzas. En 1821, el futuro gobernador afirmaba:

Lejos pues de nosotros la ejecución de un proyecto de expedición, la paz es la que conviene a la provincia. Unos tratados que la afianzase, traerían la civilización, la población y el comercio, serían el bálsamo que curase las heridas, que anteriores descuidos y planes mal concertados abrieron a la vida, honor y propiedades de los hacendados de la campaña y a centenares de familias. Los indios hasta llegarían a suplir la presente escasez de brazos en la campaña. En mis estancias “Los Cerrillos” y “San Martín” tengo algunos peones indios pampas, que me son fieles, y son los mejores...”9


En relación a su gobierno, Cornell señala que su primer cuidado fue “atraerse a los caciques y lo consiguió en su mayor arte, pero como siempre sufría la campaña los robos de ganado aunque no pasó grandes invasiones. Pobló el Azul, el Tapalqué y reforzó las guarniciones del Tandil y Bahía”.

Pero el mismo Rosas es el que organiza la campaña expedicionaria de 1833 y utiliza la fuerza ante los indígenas “rebeldes”. Muñiz (1966) cita el balance de la campaña militar de las fuerzas al mando de Rosas en 1833, según informe oficial publicado en La Gaceta Mercantil del 17 de abril de 1834: 1415 indios muertos, 382 prisioneros, 11 caciques muertos y otros tantos prisioneros, 1642 personas de “chusma” apresadas, 409 cautivos rescatados y un botín de 2200 vacas, 1600 lanares, 1800 yeguas y 2455 caballos.

Los compromisos asumidos por los líderes étnicos, (caciques, capitanes, capitanejos) y demás integrantes de la sociedad indígena en conflictos generadas desde fuera de la sociedad tribal, debieron haber provocado un acelerado proceso de desestructuración de la identidad y la conciencia étnicas. El proceso regional de dominación emprendido por el estado provincial originó en el mundo indígena una crisis de identidad o “identidad en crisis” (Cardoso, 1992).

El grado de fricción interétnica es observable plenamente en situaciones protagonizadas tanto por indios “amigos” como “enemigos”. Después de haber participado como parte de las tropas que reprimieron un levantamiento de hacendados enfrentados a la política del Gobernador Rosas, en el Fuerte Independencia, los indios que respondían a las órdenes de Catriel organizaron malones que afectaron una extensa zona del sur bonaerense. Se dá un cuestionamiento continuo, como si buscara adecuarse a las condiciones de existencia emergentes. La selección de la identidad, los reacomodamientos de los grupos étnicos en el seno del sistema, actúan como un medio de organizar el sentido de la acción social. De aquí la necesidad de profundizar en el análisis de la relación entre etnia y acción política. La sociedad indígena debe concebirse como agente dinámico, que generó reacomodaciones a partir de conflictos, que en ocasiones aceptó y en otros rechazó las manipulaciones políticas.


Los sucesos militares y políticos vinculados a las luchas entre Buenos Aires y el interior repercutieron en la vida social de las áreas de fricción interétnica. Cornell hace referencia a las consecuencias que tuvo la situación planteada luego de la batalla de Caseros, en 1852 cuando las tropas de Rosas son derrotadas por la Confederación Argentina liderada por Urquiza. Por entonces, afirma, tuvo órdenes de regresar por el extremo de la sierra del Volcán hacia la costa, abandonando Pillagüencó. Las fuerzas militares del Tandil fueron disueltas y la campaña quedó desguarnecida:

Los indios acudieron a su táctica de robar hacienda cada vez que ocurrieron este y otros acontecimientos, asi es que la grande extensión desde el Tandil a Bahía quedó desierta gradualmente y por la parte del Azul se fue despoblando de la parte de afuera de sus arrabales.


Respecto de aquellas personas, criollos, cautivos, refugiados políticos, que se incorporaron a la vida de las tolderías, formando parte de la vida en “Tierra Adentro”, es interesante reflexionar sobre el concepto de los límites étnicos de Barth: grupos étnicos definidos a partir de sus diferencias y complementariedades, sirven de marco a un juego de opciones fluido, en que cada autor puede elegir y cambiar su pertenencia, atravesando límites que sin embargo se mantienen estables y autoasignándose sucesivamente rótulos diferentes que señalan -cada uno- un conjunto invariable de rasgos culturales. Esta interpretación funcionalista y sistémica tiene como aspecto positivo su carácter dinámico. Barth señala que ciertos grupos mantienen constante una identidad contrastante respecto de otros, pero que esta identidad no es siempre la misma. Este planteo, según Dolores Juliano (1992), difiere sustancialmente de las teorías de la aculturación, que consideran el contacto intercultural como una fuente de homogeneización. Para Barth es precisamente la situación de contacto la que lleva a subrayar las diferencias, cuando la estrategia del grupo implica mantener la especificidad.


En la historia de vida de Molina, capataz de la estancia de Ramos Mejía, se dan una serie de hechos que dan una idea del carácter dinámico y permeable del sistema interétnico.


“...y no pasó mucho tiempo en hacerse célebres principalmente el primero que capitaneó y sirvió de caudillo a todas las invasiones que asolaron el Sud”


Molina, junto a los caciques Ancafilú y Pichiman, capitaneó una invasión por la costa del Salado. Los escuadrones de Húsares y Dragones Auxiliares de Entre Ríos le salieron al encuentro. Como resultado del enfrentamiento murió Ancafilú y más de 30 indios, recuperando todo el arreo y parte de sus caballos. Molina escapó por casualidad y fue acusado entre los indios de traidor y lo culparon de la muerte del Cacique Ancafilú. El mismo Cornell brindó protección a Molina. Dice Cornell:

En efecto estuvo en peligro de que lo matasen y se vio forzado a venir a pedir cuartel entre nosotros ofreciendo sus servicios de baquiano para expedicionar sobre los indios. Se me presentó en Kaquel habiendo estado antes en el Tandil- yo se lo recomendé al gobierno indicándole lo que importaba un baquiano para el caso de expedicionar. El gobierno lo indultó y se lo remitió al coronel Rauch con el empleo de capitán de baqueanos. Sus servicios como tal fueron muy notables, con mucho tino y sagacidad, se decía que condujo la expedición Rauch, sorprendiendo a las indiadas en sus mismos toldos y tomando parte en la pelea, porque fue valiente. Esas brillantes jornadas dieron por resulta el rescate de nuestros cautivos. Más de 300 entre mujeres y niños tomados a ellos, se repartieron en esta ciudad, y un número muy considerable de haciendas se mandaron a los partidos para que cada hacendado apartase las suyas. Los indios quedaron aterrorizados.


José Luis Molina había adquirido prestigo entre los indios, facilitado por el conocimiento que tenía de la lengua araucana. En un documento fechado el 4 de julio de 1826, firmado por Rivadavia, se le concedía completo indulto. En la primera expedición que hizo Rauch a la Sierra de la Ventana, Molina figura como hombre del cuerpo de voluntarios del sur, como baqueano. Las alianzas blanco-indígenas consistian en la obligación de integrar las fuerzas militares, comunicar al gobierno sobre la llegada de tribus provenientes del interior y de Chile, obtener información sobre los movimientos de las tribus hostiles de “tierra adentro” y sus hábitos de comportamiento. A cambio, los núcleos indígenas obtenían el “permiso” para continuar asentados en determinados territorios y recibían entregas de ganado y aprovisionamiento de tabaco, galleta, barajas, aguardiente, paños de algodón, azúcar, yerba. Estas alianzas no eran permanentes y se manifiestan como altamente conflictivas dado que se insertan en un sistema interétnico donde las partes no guardan relaciones de igualdad y donde se ha generado una dependencia cada vez mayor respecto de los productos criollos.


La diplomacia fue una de las tácticas empleadas por indios y blancos al momento de establecer negociaciones. Los compromisos se sellaban a través del intercambio de objetos y productos. El objetivo de los blancos, a partir del obsequio de presentes para caciques, capitanes y capitanejos, miembros de la jerarquía indígena, era conseguir información respecto de los movimientos de otras tribus así como lograr apoyo militar en la defensa de las fronteras. En diciembre de 1820 desde Kaquel Huincul, el General Rodríguez, refiriéndose a la marcha de las negociaciones con el cacique Cachul expresaba:

“La confesión de Cachul me hizo entrar en reconvenirlo y anunciarle funestos resultados si adhería al intento de Carrera, y desde luego logré intimidarlo de suerte que me protestó su constante amistad con nosotros, y p. comprobante de ella me ha ofrecido mandar un muchacho cautivo de los sorprendidos en el Salto ó Navarro, que dice haberse encontrado en el campo; el qual espero de un día para otro, pues a efecto de que Cachul le dé cumplimiento a su promesa le he ofertado un obsequio que no tendré embarazo en berificarlo, no menos que el cambio del indicado muchacho a disposición de V.E., pues por su expresion podrá saverse a q. Familia pertenece, y podrán también adquirirse algunas noticias conducentes al mejor regimen de la expedicion=“10

En julio de 1831, desde el arroyo Tapalqué, Manuel Guerrico informaba al Comandante General de Campaña, Juan Manuel de Rosas que “los indios han quedado contentos según se me han manifestado. El cacique Catrié pasa a Bs. As. y a curarse, debiendo ver a U. Antes, en donde se halle el podrá y deberá decir a U. Si han quedado satisfechos,(...) al menos yo he puesto los medios todos en conseguirlo. (...) A Don Vicente Gonzales hago algunas prevenciones sobre el mecanismo del reparto para en adelante,y tambien sobre la persona que venga, y tambien sobre la persona que venga (...) que no viniendo Don Pepe, u otro que se sepa expedir, puede o no contentar a los indiios o no alcanzarle los artículos que traigan las carretas.”

Algunos grupos indígenas continuaron asentados en el territorio provincial en carácter de “indios amigos”.

“Un sinnúmero de caciques vinieron a establecer sus tolderías entre nosotros; su primera escala la han formado en las inmediaciones del Tandil (...) Hay en el día como dos mil indios entre grandes y chicos, en nuestro seno, de los cuales ya existen gran número repartidos en diferentes estancias y en los alrededores de esta ciudad. Los varones se conchaban en las yerras, y apartes de ganado, otros se ocupan de cuerear nutrias, y también hay muchos ocupados en nuestros hornos de ladrillos. Las mujeres trasquilan las ovejas, y tegen jergas y ponchos.”11

Los núcleos indígenas más importantes se desplazaron hacia las tierras del oeste, a los campos de Carhué y a los valles del oriente de la actual provincia de La Pampa. La gran rastrillada llamada “de los chilenos” fue desde entonces el eje troncal del comercio con Chile. Su control - sumado al que ejercían sobre las Salinas Grandes, las tierras del Carhué y el fértil valle Argentino - constituyó, después de 1825, una de las bases del poder de los Curá. (Mandrini, 1987, 1993).


Reflexiones finales: Conciencia étnica y luchas de frontera


En este trabajo se utiliza el término cristiano para designar el grupo étnico que impuso una relación asimétrica, legitimada en la ideología étnica que subordinaba al indio bárbaro o infiel a la sociedad civilizada o cristiana, con objetivos de control de las personas y recursos provenientes de la sociedad indígena.Numerosos estudios antropológicos señalan que la activación de lealtades, y por consiguiente el sentido de pertenencia, de identidad étnica, se realiza sólo en situaciones de conflicto y condicionada por estas. D. Juliano (1992), plantea al respecto que la identidad étnica es fruto de un proceso clasificatorio en el cual la diferenciación se dá por posiciones estructuralmente diferentes, implicando situaciones potenciamente conflictivas o susceptibles de ser leídas en esos términos.

Esta perspectiva de análisis resulta válida para la historia posterior a la independencia en la región pampeana, dado que en este espacio los indios, si bien mantuvieron su autonomía organizativa y política hasta fines del siglo XIX, quedaron insertos en relaciones antagónicas con los intereses expansivos de la sociedad blanca. Es claro entonces, que el uso de términos tales como “indios amigos”, “tribus patriotas”, “leales” o “fieles” deben tomarse como parte del discurso y representaciones de los blancos, quienes consideraban “amigos” a aquellos caciques que negociaban y se comprometían a brindar ayuda militar a cambios de determinados subsidios.

La distinción entre “indios” y “blancos” como dos etnias, no responde a un criterio racial basado en criterios de orden biológico, sino a la categoría de etnia que Cardoso de Oliveira (1992) define como un “clasificador” que opera en el interior del sistema interétnico y al nivel ideológico, como producto de las representaciones colectivas polarizadas por grupos sociales en oposición, latente o manifiesta. La etnia actuaría, finalmente, como el código, la “gramática” de un lenguaje social, capaz de orientar a los agentes - subliminalmente - en la situación interétnica.

Podemos afirmar, siguiendo el marco explicativo de Cardoso de Oliveira, que la etnia es un concepto relacional, una relación social que expresa una forma de interacción entre grupos culturales articulados en un contexto social común. Las ideologías étnicas están fijadas sobre conjuntos de “autodefiniciones” o de concepciones de sí opuestas a una concepción o definición de la(s) otra(s) etnia(s) de contacto. (Cardoso de Oliveira, 1977).

Como resultado de la aplicación de un enfoque analítico para comprender los mecanismos de articulación social generados a partir de la relación entre indios y cristianos en el área histórico-regional pampeana, creemos que es posible establecer una conclusión de carácter general que cuestiona supuestos básicos tradicionales respecto del carácter del sistema interétnico.

Postulamos que los contactos entre ambos agentes del sistema interétnico se insertan en el marco de relaciones interétnicas caracterizadas por la existencia de una fricción de naturaleza antagónica. Esta contradicción es inherente al tipo de sistema interétnico generado en el espacio pampeano. Por otra parte, los intercambios comerciales realizados entre blancos e indios, las alianzas políticas, la colaboración de indígenas en la defensa de las fronteras del blanco son aspectos que conforman relaciones sociales de fricción interétnica y que no son explicables en términos de “negocios pacíficos” o “políticas de paz”. Malones, asesinatos, robos de ganado constituyen respuestas indígenas ante la política expansiva de sujeción-dominación practicada por los cristianos. Las entregas de ganado, el envío de distintas mercancías hacia las tolderías realizadas por el gobierno a cambio de información y el compromiso de integrar fuerzas militares forman parte de ese marco conflictivo y no de una política “pacífica”.

Otro elemento de interés para la investigación histórica se refiere a las estrategias políticas que llevan a cabo los sectores dominantes para generar adhesión e identificación con ellas de otros sectores, priorizando el análisis de los medios dispuestos para hacer que sus pretensiones de generar identidad se desarrollen con amplitud y eficacia. Esta temática se vincula con las opciones identitarias que toman los individuos en circunstancias particulares, opciones que reflejan las posibilidades o modelos que la sociedad les ofrece a ese efecto. Las personas optan, pero lo hacen dentro de los marcos de opciones delineadas previamente dentro de determinadas estrategias políticas. Los distintos grupos sociales que interactúan y se enfrentan, proponen cada uno una serie de opciones de identificación y de rechazo a través de los cuales legitiman sus prerrogativas, pues en la medida en que logran generar identidad pueden asumir la representación de otros sectores.

En este sentido, este trabajo es sólo un punto de partida, una reflexión inicial respecto de los problemas del análisis histórico de las relaciones blanco-indígenas en el espacio social pampeano.


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1

2 Informe al Ministro de Guerra [1864],

3AGN. Sala VII.Colección Biedma. Leg. 1041.

4 Gaceta de Buenos Aires. Abril de 1820. En: Muñiz (1966)

5 Los Blandengues fueron soldados que custodiaban las fronteras con el indio. Desde tiempos virreinales estuvieron destacados en la frontera norte, y a principios del siglo XIX cubrieron el destacamento de Kaquel y la cárcel de Las Bruscas -al sur del Salado-. Este cuerpo fue disuelto en 1820 por diversas razones, entre las que no debemos desdeñar dificultades para imponerles disciplina. Sus hombres fueron reagrupados en dos regimientos de Húsares organizados durante el Gobierno de Rodríguez; con posterioridad el cuerpo de blandengues fue creado nuevamente por un decreto de 1822. El batallón de Cazadores era un cuerpo de infantes integrado por soldados negros libertos o con aquellos que cedidos por sus dueños obtenían la condición de libre luego de servir en el ejército durante ocho años. Actuaron en casi todas las plazas, pero de manera especial en Tordillo, Tandil, Bahía Blanca y Patagones. Las milicias de campaña estaban formadas por vecinos con domicilio fijado en cada localidad’constituían un servicio de carácter público y obligatorio con rotaciones periódicas. No debe, por lo tanto, confundirse con las fuerzas de línea, o sea, el ejército regular. La Ley de Servicio Militar de julio de 1823, tenía disposiciones específicas sobre Milicia Activa y Milicia Pasiva. Todos los vecinos quedaban afectados a su cumplimiento, eran empadronados y debían cumplir el servicio de milicias con una filiación permanente (ocho años para la activa y el resto de la vida para la pasiva). Estas normas fueron respetadas estrictamente hasta 1852. Ver sobre el tema (Cansanello, 1995).

6Gaceta de Buenos Aires. Enero 4 de 1821. Comunicado oficial del Exmo. Sr. Gobernador y capitán general de la provincia en campaña, al Sr. Gobernador substituto. En: Muñiz (1966)

7 Archivo General de la Nación. Legajo de indios. En: Muñiz (1966)

8 Sala X. 13.6.1.Guerra. Expedición al sur al mando del General Rodríguez.Fuerte Independencia.

9Segunda memoria del Coronel Juan Manuel de Rozas (1821), en Saldías (1958: Y. 441)

10AGN. Sala X. Leg. 13.6.1.

11“Línea de Fronteras”, en El Correo Político, 151 y 153. Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1828. Extraído de Cansanello, (1995)

Analía Correa.

 

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